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domingo, 18 de abril de 2010

2010: el año de los bicentenarios

TEMA DE LA SEMANA

Bicentenario argentino (afiche oficial)

Entre abril y septiembre del 2010, cinco países latinoamericanos celebrarán los doscientos años de sus llamadas"fechas patrias". Hace dos siglos, en los actuales territorios de Venezuela, Argentina, Colombia, México y Chile ocurrieron "crisis políticas" que debilitaron las estructuras del poder colonial, y nuevos actores sociales ocuparon, por primera vez, los lugares de decisión pública, antes reservados exclusivamente para los españoles.

El 2010 es, entonces, el año en que muchos países de la región cumplirán 200 años de historia "nacional" o "independiente". Las comillas tienen una razón de ser: cuando pensamos en esos momentos inaugurales, cuando nos retrotraemos a los orígenes de lo que hoy son los países latinoamericanos, la idea de nación o de independencia es un tanto forzada.
Las revoluciones de 1810 fueron acontecimientos previos a la constitución de las identidades nacionales fragmentadas, que se consolidaron décadas después. Al mismo tiempo, la idea de independencia, si bien estaba más presente en las mentes de los revolucionarios, tampoco era el centro de la disputa política de lo que hoy celebramos como "bicentenario".

En muchos lugares de América, 1810 fue un año decisivo. La crisis de carácter regional (los levantamientos ocurrieron desde el centro de México hasta el Río de la Plata, en una época en la que las comunicaciones eran dificultosas y resultaba imposible la coordinación previa de acciones simultáneas) estaba vinculada con las tensiones entre criollos y españoles originadas por la organización del sistema de gobierno colonial y las restricciones a los comerciantes locales para hacer negocios por fuera del monopolio de la corona.

Finalmente, los procesos estructurales, complejos y de larga duración, estallaron en crisis que se manifestaron en acontecimientos de corta duración.
En la historia, muy frecuentemente, las cosas cambian cuando las personas, los integrantes de la sociedad y protagonistas del acontecer histórico, deciden realizar acciones para cambiar el estado de las cosas.
Y eso fue lo que ocurrió en varias ciudades de los dominios coloniales españoles en América, a comienzos del siglo XIX.
Personajes muy diversos en su origen y también en sus ideas, sus motivos y sus intenciones, ubicados en contextos diferentes, tomaron la audaz decisión de cambiar la realidad, a pesar de no tener certezas acerca del destino que podían tener sus propias acciones. Algunos de ellos eran hombres ya relevantes de las elites locales; otros encontraron en las revoluciones el modo de ingresar en la vida pública, en un espacio que era muy poco permeable a recibir nuevos integrantes.

En la enseñanza primaria y media la construcción del relato histórico de la comunidad, de la patria, es quizá uno de los pilares para los que fue pensada la educación pública. La idea de formar "ciudadanos" implica necesariamente recrear permanentemente el origen de esa comunidad de pertenencia, de conocer sus protagonistas, sus momentos fundacionales, etc.
Pero, al mismo tiempo, como lugar de aprendizaje, de indagación crítica sobre la realidad, presente y pasada, la escuela actual propone desnaturalizar las imágenes establecidas y cuestionar el "sentido común", tan omnipresentes en los ámbitos de la vida cotidiana.

Por esto, invitamos a los docentes a iniciar el ciclo lectivo del año de celebración del bicentenario de la revolución de mayo de 1810 indagando, junto con los jóvenes, el significado de estos "bicentenarios": en plural, para no poder de vista el carácter regional y continental de estos acontecimientos demasiadas veces presentados como "fragmentos" de "historias nacionales", por entonces inexistentes.

El nombre del cambio

Llorente. Dibujo que representa el epidodio
conocido como "El florero de Llorente" que dio comienzo
a la lucha por la indepedencia de Colombia.

En algunos relatos, como en el caso de la Argentina, se instaló la idea de "revolución", a pesar de que el levantamiento no tuvo muchas de las características que solemos darle a ese término: participación popular masiva, violencia, cambios abruptos.
En otro, como el caso de Colombia, se celebra la "fecha patria" como "El grito de la libertad", un acto simbólico que hoy, desde la perspectiva histórica, sabemos que pudo contribuir a desencadenar la posterior independencia, pero que en su momento no pareció tener un significado tan profundo.
Y en otros casos, como en el de México, se recuerda el comienzo de una larga guerra civil por la independencia a partir de un "llamado a las armas" hecho por un sacerdote en la puerta de su iglesia, pasada la medianoche.

Colombia y "el grito de libertad"

El comienzo de la rebelión colombiana es narrado por la historiografía nacional de ese país a partir de un hecho puntual, anecdótico. El 20 de julio se conmemora el "Grito de Libertad".
El nombre no remite a algún acto masivo, o a un levantamiento en armas, si no más bien a una reyerta que tuvo lugar en un almacén de la ciudad de Bogotá.
Se trata del episodio conocido como "El florero de Llorente": un pequeño grupo de criollos conspiradores buscaba la manera de realizar un hecho que conmoviera a los vecinos de la ciudad y los impulsara en la lucha por la libertad. Las dificultades para organizarse y el escaso número de los simpatizantes del grupo, lo llevaron a planificar una acción que no comprometía el poder colonial, pero que sí tendría una importante repercusión.

Los hechos son contados así. En la mañana del 20 de julio de 1810, los criollos conspiradores se dirigieron al negocio de un poderoso comerciante español peninsular, José González-Llorente, ubicado en el centro del mercado más importante de la ciudad, y le pidieron prestado al comerciante un florero que tenía en su local, invocando que los necesitaban para una reunión de agasajo que supuestamente se llevaría a cabo esa misma noche. El comerciante español se negó al "préstamo" lo que fue usado como excusa para comenzar una agresión pública y denunciar la discriminación que se hacía contra los criollos. El revuelo tuvo éxito y a partir de este hecho, aparentemente menor, la convulsión social fue creciendo, hasta provocar la convocatoria a un cabildo abierto, que días después ordenó la destitución del virrey Amar y Borbón.
Pero el camino hacia la independencia de Nueva Granada fue largo. En 1816 las fuerzas realistas volvieron a dominar la situación y los acontecimientos posteriores estuvieron signados por la formación de grandes ejércitos y de batallas bélicas con altos costos humanos. La guerra de independencia tuvo un desarrollo regional y fue liderada por Simón Bolívar, quien desde la vecina Caracas, intentó unir en una "Gran Colombia" las aspiraciones ide libertad de los habitantes de Nueva Granada y de la Capitanía General de Venezuela.

México y el llamado del cura Hidalgo

En México, las acciones comenzaron también a partir de una pequeña conspiración en la ciudad de Querétaro. Un grupo de ciudadanos ilustres preparaba con detalle una sublevación para fines de 1810. Pero la filtración de la información hizo que las tropas españolas fueran apostadas en las cercanías de la ciudad. Sin embargo, uno de los principales instigadores –el cura Hidalgo– logró conocer que la conspiración estaba al descubierto. Sin perder un minuto, en plena madrugada, convocó con campanadas de su iglesia a los vecinos del pueblo de Dolores. El mito recupera las primeras palabras que el cura pronunció ante la muchedumbre: "¡Viva la Virgen de Guadalupe! ¡Viva el Rey Fernando VII!, ¡Muera el mal gobierno!"

Bicentenario mexicano (afiche oficial)

El poder de esa frase célebre condensa los principales ingredientes de la revuelta mexicana: la convocatoria a la revolución se hacía desde la autoridad religiosa. Incluso se considera como primera bandera mexicana al estandarte de la Virgen de Guadalupe. El símbolo religioso fue uno de los más disputados a lo largo del todo el conflicto armado entre las fuerzas realistas y los independentistas. En segundo lugar, aparece claramente el apoyo formal al Rey Fernando VII, algo común a todas las rebeliones de 1810. Las interpretaciones históricas construyeron el concepto de la "máscara de Fernando VII", al considerar que los procesos independentistas utilizaron la aceptación que tenía la figura del Rey para impulsarse en un primer momento. Fernando estaba preso, por orden de Napoleón Bonaparte, lo que permitía unificar los reclamos de autonomía y libertad bajo la apariencia de estar, al mismo tiempo, combatiendo la invasión francesa en la península ibérica. Por último, la referencia al "mal gobierno" cargaba la responsabilidad sobre la administración colonial en Nueva España.
Unas de las características de los acontecimiento mexicanos de 1810 fue el carácter popular que tuvo desde un comienzo el proceso independentista. A diferencia de lo que ocurrió en la mayoría de las colonias en América del Sur, el comienzo mismo de la revuelta tuvo un componente más participativo y menos elitista. El cura Hidalgo, apremiado por el desbaratamiento del plan conspirativo incial, debió improvisar: convocó a los fieles a la iglesia y allí sumó a vecinos "ilustrados" pero también a campesinos. Y una de las primeras acciones fue llegar hasta la cárcel y liberar a los presos para sumarlos a la causa. Por eso, las filas del naciente "ejército revolucionario" tenían un fuerte componente popular –lo que se puso de manifiesto cuando los revolucionarios invadieron y saquear varias ciudades, lo que empezó a asustar a varios aliados de Hidalgo.
Sin embargo, si bien las fuerzas revolucionarias alcanzaron algunas importantes victorias, no pudiron hacer frente al ejército realista, bien organizado y mejor armado. En poco tiempo, las fuerzas de Hidalgo y los demás jefes fueron dispersadas y debieron huir en distintas direcciones. Finalmente el cura, fue apresado y fusilado junto con otros líderes. La guerra de independencia mexicana fue una de las más largas y sangrientas del continente.

Chile y el pedido de una junta de gobierno
El caso chileno fue, tal vez, el más parecido al del Río de la Plata. La fecha símbolo para Chile es el 18 de septiembre de 1810. Ese día, el gobernador Toro y Zambrano convocó, finalmente, a un cabildo abierto, ante los insistentes reclamos de la elite criolla local luego de conocer los sucesos de mayo ocurridos en Buenos Aires.

Bicentenario chileno (afiche oficial)

En esa reunión, los asistentes comenzaron a pedir "¡Junta queremos, Junta queremos!", y finalmente, el gobernador decidió entregar el mando para que se conformara la Primera Junta Nacional de Gobierno de Chile.
A diferencia de lo ocurrido en Colombia y en México, los acontecimientos chilenos fueron muchos más circunspectos, organizados por criollos destacados de la ciudad de Santiago. Incluso el anciano gobernador (que tenía 82 años de edad, algo muy poco frecuente en la época) fue una figura de conciliación, que al momento del pedido de instalación de la Junta, prefirió ceder el poder, antes que recurrir a algún tipo de resistencia.
Pero los problemas para las nuevas autoridades nos tardaron en llegar: si bien Chile no era una plaza de importancia para las fuerzas militares españoles, sí lo era el Perú, desde donde llegaron tropas españolas con el propósito de restaurar el orden previo.
Frente a esta situación, la Junta de Santiago se puso en contacto con la Junta de Buenos Aires, y se inició así una relación que resultó clave para que, años después, el Ejército de San Martín se complementara con las fuerzas al mando de Bernardo O´Hggigins y afianzaran la independencia de lo que luego terminaría conformando la República de Chile.

Celebraciones nacionales, para un fenómeno continental
Las historias locales ocurridas en 1810 tienen en común que en ellas se reconoce el acto fundacional de lo que años más tarde serían países, naciones, definidas por Estados Nacionales americanos.
Pero, estos primeros ensayos de gobiernos autónomos, o de llamados a crearlos, fueron dimensionados como tales luego, cuando la independencia finalmente se consolidó. Podemos decir, entonces, que fueron los hechos ulteriores los que terminaron de dar a estas "revoluciones" o estallidos de libertad el valor histórico que hoy les otorgamos.

Nos acostumbramos, y la escuela en esto tuvo y tiene un rol fundamental, a pensar los sucesos de 1810 en términos "nacionales". Así se diga que la Argentina era en aquel 25 de mayo de 1810 todavía un proyecto, se aborda su estudio desde esa clave: como origen de "una nación". Muy pocas veces se dimensiona que la "constitución de la Nación Argentina" fue uno de los muchos resultados posibles de lo que comenzó aquel día.
Tanto porque los protagonistas no pensaban su involucramiento en términos nacionales, sino también porque muchos de ellos sentían, en última instancia, un vago nacionalismo español.
También es necesario tener en cuenta que la conformación posterior de los límites y divisiones políticas que actualmente existen en los territorios nacionales de los países que forman América Latina fue una de las tantas resoluciones posibles que tuvo la prolongada guerra de independencia continental.

Si tomamos el año 1810 como momento de inicio, y 1825 como el final, cuando las últimas tropas realistas se rinden ante Sucre, en lo que hoy es Bolivia, pasaron 15 años de enfrentamientos y disputas. En este tiempo, se desarrollaron complejos procesos de unificación y división territoriales. Por poner algunos ejemplos, "la guerra de independencia" comenzó por contar con una unidad en el marco de las Provincias Unidas del Río de la Plata, dónde estaban integrados porciones de territorio que hoy están bajo jurisdicción de varios países: Argentina, Bolivia, Uruguay, Paraguay, el sur de Brasil y parte de Perú.
Por todo esto, sin duda, resulta más pertinente pensar ese tiempo fundacional más como una época en la que se desarrolló un proceso de carácter supranacional o prenacional.
La acumulación de los estudios económicos, sociales y políticos demuestran la existencia de tensiones y conflictos similares en todo el subcontinente latinoamericano. Desde México a Buenos Aires, un mismo régimen colonial (con muchas particularidades, pero con una tendencia a compartir grandes rasgos) entró en crisis y diversos sujetos de esa sociedad colonial buscaron la manera de liberarse de los vínculos de dependencia.

En este marco de análisis, no es posible sostener la existencia de un "plan continental" para expulsar el poder español de América. El nivel tecnológico impedía cualquier coordinación entre las fuerzas rebeldes, que incluso desconocían la simultaneidad de muchas de sus acciones. Pasaban semanas y meses antes que los habitantes de Caracas pudiran tener noticias de los acontecimientos que se estaban produciendo en Santiago o en Buenos Aires. Esta dificultad material para la comunicación y el conocimiento mutuo entre terrotorios alejados se puso de manifiesto pocos años después, cuando Simón Bolívar intentó, con poco éxito, conformar una unidad más similar a las dimensiones de las antiguas colonias y frenar el proceso de constitución de pequeñas países.

Bicentenario.
Afiche del Centro Cultural de la Cooperación.

La construcción de las identidades nacionales (un proceso muy posterior, más de los fines del siglo XIX que de sus comienzos), llevada a cabo por los gobernantes cercanos al primer centenario (1880-1910), fue hilvanando historias contradictorias, llenas de avances y retrocesos, de conflictos, de búsquedas de caminos alternativos, de esperanzas y de infortunios.
Sin embargo, en todos los casos, resultó necesario imponer "un relato" que diera sentido a cada  una de las "historias nacionales", aunque los protagonistas de los "hechos fundacionales" hubieran tenidos una identidad colectiva más amplia ("americanos" se llamaban a así mismos, desde México hasta el Río de la Plata).
Es en ese proceso de construcción de las "historias nacionales" que se puede comprender la "vinculación" de los llamados "héroes" con uno de los nuevos países en particular: la Argentina conservará a José de San Martín; Venezuela, a Simón Bolívar; México a Hidalgo, y Chile a Bernardo O´Higgins.
Esta suerte de "reparto" de héroes nacionales puede ser comprendida en la medida en que cada uno de estos protagonistas tuvo una actuación destacada en determinados sectores del territorio americanos, que luego quedaron bajo la jurisdicción de distintos países. Pero es importante entender que ellos, protagonistas de un tiempo histórico anterior, no eran "patriotas" de ninguno de los nuevos países, ya que tales comunidades nacionales todavía no existían como tales. Sus pertenencias eran, paradojicamente, algo que seguimos buscando doscientos años después: una comunidad regional, continental, americana.

El bicentenario: un espejo complicado
Entre el 2009 y el 2011, casi todos los países de América Latina, con excepción de Brasil, celebrarán, pocos años más o menos, los doscientos años de sus "acontecimientos fundacionales".
Sin embargo, conjuntamente con la mirada festiva y autocomplaciente, aparece una extendida opinión de que no llegamos a esta instancia histórica con mucho que celebrar. Lo que parece un dato muy argentino ("no estamos a la altura de nuestros padres libertadores", "seguimos arrastrando los mismo problemas que en aquel tiempo") es una lectura presente en la mayoría de los países latinoamericanos.

Manuela Saenz. Las mujeres tuvieron una participación importante aunque poco reconocida en los procesos de independencia. Afiche realizado por el gobierno de Venezuela para conmemorar a Manuelita Saenz, mujer de Simón Bolívar y destacada jefa militar.

Por el contrario, los festejos de hace 100 años, cuando los mismos países llegaban al Centenario, lo que imperaba era el auto reconocimiento, la felicitación por haber arribado a un destino pujante y esperanzador. Al menos esa era la imagen de los sectores dominantes. Las elites de Argentina, México o Venezuela tenían sus motivos: a cien años del reclamo de independencia política, los grupos privilegiados habían logrado ordenar un territorio extensísimo, construir Estados Nacionales más o menos poderosos y grandes ejércitos. Además, la exportación de algunos productos primarios (los cereales y carnes argentinas, el café venezolano, los minerales mexicanos) habían estructurado una economía pujante, aunque enormemente desigual. A cien años del comienzo de la revolución americana, convivían millones de campesinos sin tierra con grandes empresarios exportadores que acumulaban algunas de las fortunas más grandes del mundo.
Así, las celebraciones en el 1910 fueron previsibles: grandes festejos por parte de las elites dirigentes, imponentes demostraciones de los logros alcanzados, de la riqueza acumulada, de las ciudades construidas con esos fastuosos ingresos comerciales. Y, al mismo tiempo, sectores populares de diverso origen y con distintos reclamos, consolidaban sus luchas y reclamaban, con más o menos violencia, tanto en las grandes ciudades, los puertos y las haciendas, su reconocimiento como protagonistas de la historia.

Hoy, en las puertas del Bicentenario, los gobiernos y los pueblos de la región se preparan para la celebración de aquellos acontecimientos fundacionales. Al igual que los festejos del primer Centenario, muchos sectores sociales siguen esperando ser incluidos en una concepción integral de ciudadanía. Los pobres continúan siendo mayoría en el conjunto de habitantes de América Latina.
Por otra parte, y a diferencia de lo que ocurría en tiempos del primer centenario, en la gran mayoría de los países de la región, están vigentes sistemas de gobierno representativos elegidos por medio del voto popular de todos sus ciudadanos.

Asimismo, en los últimos años, también se profundizaron los proyectos y acuerdos para integrar a los pequeños países nacidos hace casi doscientos años.
La idea de una "patria grande", una "nación americana" o "latinoamericana", que tan presente estuvo en las cabezas de los protagonistas de las gestas de 1810 parece haber recobrado vigencia.
Igual que en aquel tiempo, la historia no está aún escrita ni decidida: dependerá de las acciones que los hombres y las mujeres elijan y decidan realizar.
El Bicentenario, o mejor "los bicentenarios", se presenta como una oportunidad para volver a leer críticamente nuestra historia.

Federico Vázquez y María Ernestina Alonso
Buenos Aires, 22 de febrero de 2010

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