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domingo, 25 de julio de 2010

¿Qué idea de Patria reciben los chicos en los actos escolares?

Por DANIEL ULANOVSKY SACK De la Redacción de Clarín


Cuáles son los valores que se transmiten durante los festejos de las fechas patrias en las escuelas?-Todavía se acentúan los conceptos delineados hace cien años cuando tomó fuerza la educación pública. Pero el país cambió y hoy se perciben como algo alejado de la realidad. En aquel momento, el gran número de población inmigrante provocaba temor en la clase política: se suponía que tanta mezcla de nacionalidades y acentos no ayudaba a consolidar una identidad propia. Los actos escolares aparecían como la mejor ocasión para homogeneizar la base cultural de los chicos, en su mayoría primera generación en la Argentina. Estas celebraciones le daban un significado a la palabra Patria, que se construía a partir de ejes definidos: el origen de nuestros antepasados (12 de Octubre), el nacimiento de la Nación (25 de Mayo y 9 de Julio), el respeto a los próceres que participaron de las gestas (San Martín, Belgrano) y la defensa de los símbolos que nos representan, como el Himno y la Bandera. ¿Es necesario modernizar la forma en que se realizan los actos? ¿Debe pesar más la tradición o la idea de cambio?-Para que las celebraciones no resulten vacías de contenido parece lógico actualizar su significado y relacionarlas con la actualidad. La Argentina vivió modificaciones fuertes: estamos ante una sociedad con mayor grado de participación que la de principios de siglo, con saberes más democratizados. Estos cambios ya se ven reflejados en algunos ritos. Hasta hace poco sólo llegaba a abanderado el mejor promedio del curso; ahora, en cambio, debe ser elegido por los otros chicos. El mensaje parece claro: para representar a un grupo humano hay que tener su apoyo; no basta con la inteligencia. Pero en la mayoría de los actos escolares aún perdura una rigidez histórica. ¿Qué es más importante: la fecha que se celebra o la forma que adopta el festejo? -Ambas otorgan significados. La fecha nos habla del valor de una acción pasada mientras los rituales son necesarios para generar el sentimiento: si uno sabe que en el acto se debe permanecer de pie, en silencio, firme, sin discutir, con fervor entiende que el homenaje implica cierta disciplina y esfuerzo. Lo curioso es que en la Argentina la idea de la solemnidad fue muy bien aceptada por todos los sectores, no se vivía como una imposición del Estado. Creo que se ligaba mucho a la necesidad de la gente de construir un sentimiento de comunidad , de sentirse parte de una tradición. ¿No había sectores contestatarios? ¿Qué pasaba, por ejemplo, con los anarquistas?-Es llamativo: hasta principios de siglo, ellos tenían sus propios colegios ya que estaban en contra de la enseñanza competitiva de la escuela pública. Además, no celebraban los actos que tuvieran relación con la formación del Estado ni sentían apego a los símbolos patrios. Pero resultó tan fuerte el peso simbólico que tuvo en la sociedad el hecho de concurrir a la escuela estatal, que los mismos anarquistas cerraron sus instituciones. De alguna manera, resultaba muy difícil escindirse de la legitimación que otorgaban los años de primaria, en el sentido de compartir enseñanzas y rituales. El espacio de todos ¿Los festejos siempre se celebraron dentro de la escuela o también su utilizó la calle, el espacio público?-En las primeras décadas del siglo resultaba muy común que se realizaran grandes actos en las plazas donde concurrían miles de estudiantes con sus maestros y directivos. En la época de Yrigoyen, por ejemplo, hubo celebraciones que congregaron hasta 80.000 chicos que desfilaban tomando modelos de carácter militarizado. Algunos docentes protestaban por la utilización política de los actos y defendían la idea de que se realizaran en espacios abiertos, pero a nivel comunitario. Con el tiempo, el disenso se hizo más fuerte: un artículo publicado en 1942 en la revista La Obra, un medio de difusión docente no gubernamental, acusaba al gobierno de Ortiz de beneficiarse con el acto del 25 de Mayo. ¿En qué se basaba la crítica?-Ese año el Ministerio de Educación había reunido a miles de estudiantes en la Plaza de la República (hoy Plaza de Mayo) para conmemorar la Revolución. La revista reconocía que el espectáculo había sido magnífico pero se preguntaba quién obtenía los réditos de tanto despliegue. Afirmaba que para la cultura cívica nacional era mejor efectuar concentraciones en el barrio; así la escuela y el pueblo se identificarían profundamente. El reconocimiento al festejo resultaba tan explícito como la crítica: se reafirmaba la necesidad de celebrar pero se discutía la implementación. -Luego de que el país dejó de recibir inmigración en forma masiva, ¿perduró la idea de que los actos escolares servían para dar un barniz de argentinidad a los hijos de extranjeros?-A partir de los años 30, la lucha contra la heterogeneidad cultural y de lenguas empezó a reemplazarse por un nacionalismo que enfrentaba al peligro encarnado en el comunismo. Se hizo mucho hincapié en el respeto a los símbolos nacionales contraponiéndolos con la amenaza internacionalista. En la década del 30 se reglamentó la versión oficial y obligatoria del Himno Nacional para las escuelas y se estableció el Día de la Escarapela y el de la Bandera. En 1936, la Iglesia logró que se incluyera la enseñanza religiosa en las escuelas de la provincia de Buenos Aires y, a su vez, los textos escolares dedicaron más páginas a las batallas militares. Esta fue la respuesta nacional a la dicotomía entre lo argentino y la amenaza internacionalista asociada a las fuerzas de izquierda. ¿Hubo épocas en que se celebraron fechas más políticas que históricas?-Sí. Fue bastante evidente durante la primera época del peronismo. No sólo hubo una presencia contundente de imágenes de Perón y de Evita en las escuelas y en los textos, sino que se impusieron nuevas celebraciones como el 1ø de Mayo, la nacionalización de los ferrocarriles y el Día de la Lealtad. El Ministerio fijaba pautas sobre la forma de desarrollar estos actos. La política entra al aula ¿Cómo se celebraba, por ejemplo, el Día del Trabajo?-Una comunicación de 1949 señalaba que cada establecimiento debía realizar una visita guiada a fábricas, oficinas o talleres cercanos a la escuela. Se debía brindar a los chicos una apología ejemplificadora del esfuerzo humano puesto al servicio de la Nación, capaz de suscitar en el alumno sentimientos de gratitud y de emulación. Este tipo de normativas llegaba de la mano de otras restrictivas, como la prohibición de los manuales Estrada que ignoraban maliciosamente la realidad de la Nueva Argentina propuesta por el gobierno de Perón, además de deformar su proyecto dolosamente. ¿La idea de patria se teñía con los colores del gobierno?-El justicialismo quiso crear la idea de que en la Nueva Argentina, la Nación era Patria y la Patria, peronista. Se reforzaba la unidad imaginaria del país: en los actos participaban, además de los docentes y de los alumnos, soldados, sacerdotes y representantes de los gremios. Era la Nación en chiquito. ¿Por qué después del peronismo se dejó de organizar actos en los espacios públicos?-Se relaciona con la desintegración que vivimos. La calle, el barrio, la plaza eran lugares interesantes cuando se soñaba con una Argentina integrada. El escalón mortal de esa etapa fue el justicialismo que, aunque dividía al país en quienes estaban a favor y quienes en contra, tenía un discurso que subrayaba la idea de un pueblo unido. Cuando llegó la Revolución Libertadora, una parte de la Nación festejó y la otra quedó afuera, estigmatizada. A partir de esa quiebra, el acto patriótico se recluyó en la escuela porque la idea de Patria aparecía dividida, rota. ¿Cómo se vivieron esas luchas de proyectos políticos dentro de las aulas?-Se sintió la ausencia del nosotros que había caracterizado a la Argentina de la primera mitad del siglo. A fines de los cincuenta surgió la lucha por la escuela laica o libre, en la que un grupo defendía la tradición sarmientina y el otro quería reforzar el derecho de las escuelas privadas y religiosas. El debate fue muy duro y tuvo un efecto curioso: por primera vez se discutía la legitimidad de la escuela pública, laica y gratuita. Eso hacía trastabillar al sistema. Y la ausencia de consenso se reflejaba en la imposibilidad de modernizar los ritos patrios durante los actos escolares. Se continuaban las tradiciones pero no había posibilidad de crear nuevas porque no había proyecto común. ¿Los festejos empezaron a ser más formales? ¿Transmitían menos sentimientos? -Los 60 y los 70 se caracterizaron por la falta de legitimidad de los actos patrios. Quizá los alumnos e incluso los docentes no eran conscientes, pero fue la época en que los chicos empezaron a reírse cuando se entonaba el Himno y se murmuraba sobre cualquier tema al escuchar a la directora hablar sobre la Independencia de la Nación. No era, en la mayoría de los casos, una protesta clara, sino un descreimiento de las instituciones que se palpaba en la vida cotidiana y que se reflejaba en esas actitudes. Si usted tuviera que diseñar una política para celebrar las fechas patrias, ¿qué ideas sugeriría? -La manera en que se representan los actos deben ser creíbles para que logren transmitir sentimiento y emoción. Todavía utilizamos escenificaciones alejadas de la vida real: los chicos forman en fila, la maestra los dirige y todos miran hacia el mástil. Habría que lograr un ritual donde el comportamiento se adecue a las relaciones actuales. La señorita ahora es la seño y hace valer su autoridad en una forma menos rígida. La participación aparece como un valor positivo que, en cierta forma, reemplaza a la obediencia.-Claro. Se fomenta que los chicos manejen la palabra, que hagan conocer sus inquietudes. Además, las fechas que se festejan pueden modificarse: me animo a pensar que para mucha gente hoy es más importante el 10 de Diciembre -la recuperación de la democracia- que el 12 de Octubre. Pero eso no se ve reflejado dentro de la institución escolar. Mi idea es que los chicos se apropien de los símbolos: se podría izar la bandera en distintas partes de la escuela o lograr que sea cuidada por cada grado en vez de por una autoridad central. ¿Por qué no hacer, también, una bandera en la propia escuela a partir de materiales que lleven los alumnos? Las opciones abundan, pero lo esencial es que los símbolos reflejen la idea de Patria que tenemos hoy y no la de cincuenta o cien años atrás. Copyright Clarín, 1997.

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